Teoría del ciclo de vida

Teoría del ciclo de vida es un conjunto de relatos, dividido en cuatro partes más una intro:
1.- Perversidad 2.- Everest 3.- Ficción 4.- Así

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martes, 26 de junio de 2012

Mi ciudad perdida, el tiempo perdido.

Mi ciudad perdida es una recopilación de artículos para revistas que Scott Fitzgerald fue publicando a lo largo de su vida. Algunos memorables, otros para salir de apuros económicos, pero todos sirven de testamento vital.

Asusta ver la evolución de su pensamiento. Desde su juventud, con la esperanza de los primeros ingresos, de su vida plena en la Costa Azul, hasta su final, con apenas 44 años, pero desesperanzado, hastiado de la vida que había llevado, odiando todo lo que él mismo había sido, esa felicidad artificial de los años 20. No sólo quebró la bolsa en el 29, quebró un estilo de vida, una hipocresía alarmante.


 “Evidentemente, la vida sólo es un continuo proceso de deterioro”. Así lo deja escrito y patente. “Comprendí que durante mucho tiempo no me habían gustado ni las personas ni las cosas, sino que sólo seguía la vieja y desvencijada pretensión de que me gustaban”. 

Zelda y él se derrumbaron. El alcohol fue siempre un remedio, pero llegado un momento, fue el principio del fin. Lo tuvieron todo, pero estaba asentada en una falsa base de felicidad. Y ante el primer suspiro, la felicidad cae y nos aplasta. Al menos nos queda su lección.

viernes, 1 de junio de 2012

La costa azul

Un lugar para vivir: La Costa Azul, esta Costa Azul.

"Cuando tus ojos tropiezan por primera vez con el Mediterráneo sabes de repente por qué el primer hombre adoptó aquí su posición erecta y expandió sus brazos hacia el sol. Es un mar azul, o quizás demasiado azul para esa trillada expresión que se ha empleado para describir cualquier charco fangoso que se extiene de un polo a otro. Es el azul encantado de los cuadros de Maxfield Parrish, azul como los libros azules, los óleos azules, los ojos azules y a la sombra de las montañas una franja de tierra verde se extiende a lo largo de la costa durante 160 kilómetros y lo convierte en el patio de recreo del mundo.

¡La Costa Azul! Los nombres de sus balnearios, Cannes, Niza, Monte Carlo, evocan los recuerdos de cien reyes y príncipes que han perdido sus tronos y vienen aquí a morir, de misteriosos rajás y beyes que les lanzan diamantes azules a bailarinas inglesas, de millonarios rusos que dilapidan sus fortunas en la ruleta durante aquellos días perdidos del caviar previos a la guerra."
Cómo vivir con casi nada al año, de Francis Scott Fitzgerald.



Cosas que me hacen sentir bien: La playa en el amanecer.
Cosas que me hacen recaer: Carlos Dívar.

martes, 8 de mayo de 2012

¿Faulkner? UFFFFFF

Si hay orden alfabético en una librería, allá voy a la F a encontrarme con Fitzgerald y sus (pocos) ejemplares expuestos. Y a su lado, Flaubert, Ford o Faulkner. De Faulkner siempre se dice lo complicado de su lectura, así que cuando leí de El villorrio que era su obra más accesible, en ella me adentré.

Y no, no es accesible. Su escritura es brillante, hay pasajes memorables, pero me pierdo entre sus páginas. Hay momentos en los que no sé de lo que está hablando, confundo personajes y situaciones. El costumbrismo queda patente. El mundo rural norteamericano queda muy marcado, pero no es una lectura agradable.


Las páginas pasaban muy lentamente. Por momentos pensé que sería mi pereza, pero ahora que he vuelto a Fitzgerald y que las páginas pasan a toda velocidad, reconozco que no, Faulkner no está hecho (en principio) para mí. Y lo siento, porque sé que no he sabido apreciar un gran relato y un gran personaje.

Cosas que me hacen sentir bien: Coger El País gratis en la Universidad.
Cosas que me hacen recaer: Rodrigo Rato.

viernes, 13 de abril de 2012

De qué hablo cuando hablo de Murakami

Para una vez que hacen un club de lectura de un libro que he leído, no puedo ir. Así que me desquito hablando otra vez del Tokio blues (Norwegian Wood) de Murakami.

A Toru Watanabe la canción de The beatles le llevó a otro momento y otro lugar. A mí, El gran Gatsby me llevó a esta novela. Me la recomendaron precisamente por mi pasión por Fitzgerald, y luego me la regalaron.

Parecía predestinada, y ahora que pienso en su lectura, me lleva a otro tiempo y otro lugar. A Sevilla (como ahora) y a 2008. A la primera vez que di clases, y al acompañamiento de Murakami en aquellos días. Es de esas novelas que crecen en ti con el pasar del tiempo. Aquella historia de amor y muerte, de sexo y desasosiego, de canciones y libros.

Y vamos con mis pasajes preferidos:
−¿Te gusta la soledad? −Apoyó la mejilla sobre la palma de su mano−. ¿Te gusta viajar solo, comer solo, sentarte en las clases solo, apartado de la gente?
−A nadie le gusta la soledad. Pero no me interesa hacer amigos a cualquier precio. No estoy dispuesto a desilusionarme −aclaré.
Con una patilla de las gafas metida en la boca, la chica murmuró
−A nadie le gusta la soledad. Pero detesto que me decepcionen. Si te decides a escribir tu autobiografía, puedes incluir estas líneas.
−Gracias.

Y la relación Murakami- Fitzgerald.
A los 18 años, mi libro favorito era El centauro, de John Updike, pero cuando lo hube releído varias veces, perdió su chispa y cedió la primera posición a El gran Gatsby, de Fitzgerald, obra que continuó encabezando mi lista de favoritos durante mucho tiempo. Tomar El gran Gatsby de la estantería, abrirlo al azar y leer unos párrafos se convirtió en una costumbre, y jamás me decepcionó. No había una página de más. “¡Es una novela extraordinaria!”, pensaba. Me hubiera gustado hacer partícipes a los otros chicos de tal maravilla. Pero a mi alrededor no había nadie que leyera El gran Gatsby. Dudo que lo hubieran apreciado. En 1968 leer El gran Gatsby no llega a ser un acto reaccionario, pero tampoco podía calificarse de encomiable.

Pese a todo, conocí a una persona que había leído El gran Gatsby, y nos hicimos amigos precisamente por ello. […] Nos conocíamos de vista, ya que vivíamos en la misma residencia, hasta que un día en que yo estaba leyendo El gran Gatsby en un rincón solado del comedor. Él se sentó a mi lado y me preguntó qué leía. “El gran Gatsby”, le dije. “¿Es interesante?”, me preguntó. Le respondí que lo había leído tres veces, pero que cuanto más lo releía más párrafos interesantes encontraba. “Un hombre que ha leído tres veces El gran Gatsby bien puede ser mi amigo”.

Cosas que me hacen sentir bien: La contabilidad.
Cosas que me hacen recaer: Recortes en educación (adiós trabajo).